
El nombre de un destino puede convertirse en un obstáculo antes incluso de organizar un viaje. No se trata del precio, la distancia o la disponibilidad, sino de una barrera mucho más inesperada: la dificultad para pronunciarlo. Según un estudio elaborado por la plataforma de reservas Omio, el 43% de los españoles reconoce que ha descartado reservar un destino porque no sabía cómo decir correctamente su nombre, mientras que un 41% asegura que esa misma inseguridad le ha frenado incluso a la hora de buscar información sobre el lugar.
La dificultad no se limita a ciudades o enclaves extranjeros. De hecho, algunos de los destinos españoles con nombres de origen vasco o catalán figuran entre los que más dudas generan entre los viajeros. San Juan de Gaztelugatxe encabeza la lista, seguido de Sant Feliu de Guíxols, Vilanova i la Geltrú, Pollença y Zarautz. En el ámbito internacional, Liubliana y Gdansk son los nombres que más problemas plantean a los encuestados.
Detrás de esta reticencia pesa, sobre todo, el miedo a equivocarse. El estudio señala que muchos viajeros temen pronunciar mal el nombre de un destino, parecer poco respetuosos o pasar un momento incómodo al preguntar por él. Esa sensación de inseguridad hace que algunos perciban incluso esos lugares como más complicados o estresantes antes de emprender el viaje.
Tres de cada diez españoles afirman haber evitado pedir algún plato en un restaurante extranjero por no saber pronunciar su nombre. Especialidades como el cacciucco, el htipiti o el tzatziki son algunos de los ejemplos más citados.
La encuesta revela además una clara diferencia generacional. Los jóvenes de entre 18 y 29 años son quienes más condicionados se sienten por esta dificultad durante la planificación del viaje. Aun así, también son quienes muestran una mayor predisposición a superarla: seis de cada diez aseguran que intentan aprender la pronunciación correcta antes de viajar.
En esa tarea, la inteligencia artificial se ha convertido en la herramienta más utilizada. El 42% de los españoles recurre a aplicaciones de IA o motores de búsqueda para resolver dudas sobre la pronunciación, muy por delante de familiares, amigos o plataformas de vídeo. Para Omio, los resultados ponen de manifiesto que pequeñas barreras lingüísticas pueden influir en las decisiones de los viajeros mucho antes de que compren un billete.